Cuando los edificios caen
/6 Comments/in Artículo /by Juan Antonio Bethencourt
Aprendí a bailar salsa y merengue en el techo de un edificio. Tenía como once o doce años y me enseñaron mis tíos. Una brisa caliente, a pesar de ser de noche, soplaba serenamente. A mi tío le gustaba ese plan: preparar una buena cena, subir a la azotea del edificio y cenar en familia, con calma, arropados por el sonido de un mar invisible, que se camuflaba con la oscuridad del cielo. El menú era tortilla de papas, chistorras y pimientos con aceite de oliva. Una bombilla, cubierta de polvo, emitía una luz tenue que obligaba a estar muy juntos, fomentando la confianza.
Gilberto Santa Rosa y Juan Luis Guerra sonaban en el fondo. Ellos proporcionaron las melodías para que mis tíos me introdujeran en mis primeros pasos de baile. Nunca lo he olvidado. Cuando me preguntan ¿Dónde aprendiste a bailar?, siempre contesto lo mismo: con mis tíos en el techo de un edificio.
No muy lejos de ese lugar, existe también un pequeño apartamento. Lejos del techo. En un primer piso. Ahí pasé muchos veranos de mi infancia. Jugando con mis hermanos, meciéndonos en una hamaca que atravesaba entera la pequeña sala. A pesar de los muchos años que han pasado, puedo experimentar con todo detalle el choque abrupto que se sentía al salir de esa viviendo. Del aire acondicionado frío y seco se pasaba a un viento húmedo, caliente, pegajoso e incómodo pero que traía una buena noticia: la playa está cerca.
¡No crucen la calle solos! – gritaba mi madre. Y nuestro impulso infantil de correr inmediatamente hacia a la arena se veía detenido.
Hoy estos lugares, ya no existen. Los terremotos han convertido a las torres de concreto que fueron la escenografía de momentos tan sublimes de mi infancia en un conjunto informe de escombros. Al ver las fotos comprendí que los edificios también guardan recuerdos y sentí que con su ruina quedaba sepultada parte de mi historia personal. Duele. Duele mucho.
¿Y cómo imaginar el dolor de quiénes además de recuerdos e inmuebles han perdido personas amadas? Sencillamente no lo puedo imaginar. A cada uno de ellos quisiera poder abrazarlos fuerte y transmitir con mi cercanía algo de fortaleza. Esa fortaleza que quizá sienten que los empieza a abandonar. Pero no puedo. No estoy ahí. Y duele. Duele muchísimo.
Sin embargo, hoy atendí a un cliente de coaching que vive agobiado por la inestabilidad laboral. Ayer llegué a mi casa, cansado y mis hijos necesitaban atención. Fui a la farmacia y en la fila para pagar había personas que evidentemente estaban mal de salud. Compré un café y el barista que me lo preparó, se le notaba en la cara que tenía una fuerte preocupación. Y pensé, no puedo aliviar el sufrimiento de los venezolanos con mi cercanía, pero el de estas personas si lo puedo aliviar. Puedo canalizar mi dolor en una revolución de cariño y de compasión hacia quienes sufren a mi lado. Puedo transformar el dolor de la impotencia en un amor más diligente hacia los demás. Cuando los edificios caen, nuestra humanidad se levanta.
Los terremotos han puesto de manifiesto la fragilidad de la vida. Lo que más amamos puede desaparecer cuando menos lo pensamos. Estas mismas líneas podrían no haber existido, si la tierra hubiera temblado mientras yo bailaba merengue en la azotea o me mecía en la hamaca del apartamento. No me tocó a mí. Pero lo que sí me toca es que sean más las personas que cuando la fragilidad se haga total y llegue el momento de trascender de este mundo, hayan experimentado la belleza de sentirse amados.
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